Historia

Los hechos

De esta manera, según nos cuenta la tradición, ocurrieron los hechos en el renacentista año de 1536:

Cierto día de ese verano, nuestro personaje, Juan Ciudad, se encaminaba a subir a Gaucín para vender su pesada carga de libros. Cuando mayor era el calor y más sufrida la caminata, agravado por el peso y el enorme desnivel que presentaba el camino de Gibraltar a Gaucín, en el tramo que une el río Genal con la Villa -entonces, Plaza de Armas de la Casa de Medinasidonia en territorio serrano-, justo hacia la mitad de tan abrupto paraje, denominado por los lugareños La Adelfilla, ocurrió lo que nos cuenta la tradición, y que a finales del S XIX, nos dejó escrito el cronista oficial de Gaucín D. Ubaldo de Molina Fernández:

sucedió que de lo más intrincado del monte y cuando menos lo esperaba vio salir un lindo niño de muy pobre atalaje que, con sus piececitos descalzos, caminaba por la misma senda adelante.

Considerándole extraviado, Juan Ciudad, y temiendo que los abrojos del camino desgarrasen aquellos tiernos piececitos, más que el marfil, blancos, con más caridad que criterio le invitó a que calzase sus enormes alpargatas, cuya oferta agradeció el niño sin aceptarla, pues de la punta al talón podía muy bien sentarse dentro; pero como el candor y extraordinaria hermosura del tierno infante atraían y fascinaban cada vez más, a Juan, enternecido le dijo:

"Niño precioso y hermano, si no os sirven mis alpargatas, servíos de mis hombros, que más justo será lleve en ellos, lo que a Dios tanto costó, que libros que tan poco valen", y esto diciendo, como no fuesen vanas sus palabras, bajó la cerviz para que aquel subiera, y así lo hizo el rapazuelo, prosiguiendo ambos la marcha, descansando el pequeño, y ufano aquel buen Juan, que tal descanso le proporcionaba.

Más a poco, el que de pastor fue soldado con el Conde de Oropesa, después peón de albañil, era librero y había de ser fundador de una Orden, consagrada a la caridad, en Granada, sintió como S. Cristóbal en otro tiempo, se le hacía aquella ligera carga, harto pesada, y comenzó a alentar y desfallecer, y buscar apoyo en la cayada hasta que al cabo topándose con una fuente conocida por la Adelfilla, que en un risco aún brota, a la derecha del antiguo camino de Gibraltar dijo:
"Niño precioso y hermano, dadme licencia para beber un poco de agua y descansar, que me habéis hecho sudar". Bajó el niño incontinenti, púsole Juan al abrigo de un árbol y fuese al manantial con ímpetu de sediento; pero al volver satisfecho queda gratamente sorprendido al oír lo llaman por SU nombre y ver en el pobre chico la Grandeza y Majestad del Dios-Niño alargarle una granada entreabierta, coronada con su Cruz, al mismo tiempo que a grandes voces le dice: "te llamarás Juan de Dios. Granada será tu cruz. Testimonia este hecho de mi aparición legando a Gaucín una Imagen que me represente Niño", y diciendo esto desapareció cual nubecilla de nácar.
Repuesto Juan de su natural sorpresa, y presuroso en obedecer la Divina Voz que le dirigía a la ciudad de la Alhambra, ya no hubo reposo para su cuerpo y corazón, hasta llegar a [la] expresada ciudad, donde pasado el tiempo de sus pruebas y fundado que hubo el hospital de su nombre inmortal, siendo su deseo constante cumplir los designios de la Providencia trató de ver realizado tan acariciado proyecto de hacer ofrenda de una Efigie del Niño-Dios al pueblo afortunado en que gosara [gozara] de la milagrosa aparición del Niño Jesús para lo que, aprovechando la ocasión de haber de salir por Andalucía a recoger limosnas para sus pobres, adquirió la Sagrada Imagen del Niño que aún poseemos.

Llegado a Ronda cambió caritativamente su ordinario vestido con el de un pobre soldado de la Ciudad, y con tal disfraz, llevando envuelta, cuidadosamente su pequeña imagen, se encaminó a Gaucín pernoctando en el mesón de los Álamos, sito en la hoy calle Luis de Armiñán.

Al alba del, para nosotros memorable y trascendental, día ocho de septiembre de los años 1540 al 46, festividad de la Natividad de Nuestra Señora, y en ocasión de hallarse la guarnición del vetusto Castillo del Águila, que sirvió de defensa a esta población, oyendo la Santa Misa en su Ermita de la Encarnación (primitiva mezquita, que aún subsiste dentro de los muros de aquel, convertida en capilla católica, al ser tomada de los moros la villa, por su primer Alcalde cristiano, el Capitán Pedro del Castillo, el 27 de Mayo de 1485, cuyo nombramiento recibió éste en Ronda del Rey Católico, D. Fernando V de Aragón, penetró en el recinto murado sin ser visto por los centinelas y sin decir palabra, entrando en el templo avanzó hacia el Altar del Celebrante, sin extrañeza de éste, y colocó sobre aquél, la preciosa Imagen del Niño Jesús

Con esta experiencia, Juan Ciudad, dejó sus dudas en La Adelfilla y cumplió sin reservas lo que el Santo Niño le había encomendado. De Gaucín a Granada para dedicar su vida a hacer el bien por los más necesitados dando amparo a los enfermos. Su ejemplo diario dio lugar a la creación de una Obra que, aún hoy, sigue los pasos del fundador y que, como en el dieciséis, mantiene el mismo fin caritativo proporcionando afecto al desanimado.

Desde ese día Gaucín arde en deseo de servir en devoción al Santo Niño Dios. Los hechos oído de sus padres, quienes, a su vez, lo aprendieron de sus abuelos, igual que estos los transmitieron por haberlo sabido de sus antepasados, son fielmente reproducidos cada año, sin apenas variaciones desde hace casi cinco siglos. No importa que la población se haya reducido en más de dos tercios. Los devotos del Santo Niño siguen haciendo Fiesta, el 8 de septiembre, en Gaucín, o donde se encuentren, para acompañar a su Niño, con el mismo entusiasmo con que lo hizo el Santo portugués, y el narrado por el cronista en su escrito de finales del XIX.

Gaucín y los gaucineños, así como un gran número de paisanos de los pueblos de alrededor, siguen disfrutando de esta conmemoración religiosa porque el cuerpo se lo pide, porque sus creencias lo necesitan para mantener el alma alimentada. Por eso siguen fieles a la tradición contada. Por eso y, especialmente, porque creen de corazón que el Niño de La Adelfilla es el Niño Dios.

La imagen

La imagen del Niño, -solo nos queda una foto, la realizada sobre 1920 por D. Juan Temboury Alvarez-, fue depositada, según la tradición, por el propio Juan Ciudad, en 1546, en una visita que realizó, ex profeso, al Castillo del Águila. Su descripción la realiza magistralmente el único documento que poseemos:

vestido con sencilla túnica, potencias, en la mano izquierda un mundito de cristal y la derecha en actitud de bendecir (cuya linda Efigie, por lo correcto y espiritual de sus líneas, es considerada como una maravilla del Arte Cristiano y parece pertenecer a la Escuela Sevillana fundada en la mitad del siglo XVI por Pedro Torrigiano, que trabajó también en aquella época en la ciudad de los Cármenes.

Con posterioridad, durante el reinado de "Pepe Botella", en 1810, fue despeñada por los franceses en uno de los diversos asaltos que éstos realizaron al pueblo y su castillo lo despojaron de sus ricos vestidos y valiosas joyas que después vendieron a vil precio en Ronda, y ultrajándola y dándole un bayonetazo en su Divino Rostro, cometieron el más execrable de todos los delitos, arrojándola con vilipendio a los inaccesibles peñascos que rodean las murallas del fuerte, que dan cara al río Genal, donde permaneció oculta por espacio de dos años; fortuitamente encontrada por Doña Ana Jiménez Orozco, fue restaurada y puntualmente venerada cada 8 de septiembre por todos los gaucinenses, durante el siglo XIX y primer tercio del XX.

Pero, en los primeros acontecimientos de la guerra civil española, la imagen desaparece definitivamente. Dos son las versiones que circulan entre los mas viejos del lugar: Por un lado están los que manifiestan que la imagen es consumida por las llamas en una pila creada al efecto. Otros, que un alma caritativa y devota del Santo Niño la recoge para entregarla al pueblo en momento mas sosegado. El resultado final nos muestra una solución incompatible con los deseos de la totalidad de los devotos del Santo Niño, aunque existen personas, entre las que me encuentro, que albergan ciertas esperanzas de que la imagen vuelva algún día a su trono natural, la Ermita del Castillo del Águila.

El 7 de septiembre de 1937 los Hermanos de San Juan de Dios, de Granada, donaron y entregaron, a la Parroquia de San Sebastián, una imagen del Santo Niño tallada en madera, adquirida, según nos manifiesta D. Miguel Vázquez González, por la Orden Hospitalaria en una casa de antigüedades de Granada.

Esta imagen, posiblemente presente hoy, en algún lugar de la iglesia parroquial es la que se utilizó para los actos litúrgicos y procesionales hasta avanzado los años sesenta, cuando el párroco, D. Juan Jiménez Higueras, consigue una nueva imagen para la ermita, que es la que posee Gaucín actualmente.

La fiesta

De siempre la fiesta se ha celebrado alrededor del día 8 de septiembre. Comenzando, el día 7 de septiembre, víspera de la conmemoración de la aparición del Niño, con la bajada de las imágenes del Santo Niño y San Juan de Dios desde la fortaleza del Castillo del Águila hasta la Iglesia Parroquial de San Sebastián. En la Iglesia se celebraba un acto litúrgico, y una vez terminado éste daba comienzo la fiesta civil, con bailes en la Plaza del Pueblo, en el Corral del Concejo y en el Salón Molina. El día grande, el día 8, amanecía con "diana floreada" por las calles del pueblo, cohetes, y otros elementos que, hacían recordar al vecindario en las primeras luces del alba, el comienzo de uno de los días más grande del calendario.

A partir de ese instante, todo el mundo preparaba sus mejores galas para procesionar a su patrono el Santo Niño en compañía de San Juan de Dios. Durante la mañana las familias subían a la Iglesia a rendir cuentas y dar gracias, en una acción de pleitesía reverente, por el hogaño agrícola, profesional y familiar.

A eso de las cinco de la tarde las imágenes salían de la Iglesia parroquial, recibidas por la banda de música que les tocaba el himno nacional, supongo que épocas anteriores sería el himno de Riego -esto último no me consta-. A partir de ese momento todo el pueblo acompañaba a los Santos. Las mujeres en riguroso orden, en fila, portando cirios encendidos y cánticos alegóricos al Niño. En contraste con otras procesiones de la villa, -Semana Santa, Corpus Cristi-, el Santo Niño recorría todo el perímetro interior del pueblo, pasando prácticamente por todas las calles de Gaucín. Sobre las ocho treinta de la tarde el Niño después de volver a la puerta de la iglesia de San Sebastián, comenzaba su regreso a la fortaleza, donde los jóvenes pugnaban por coger las andas del trono, o paso como le llaman en Sevilla, para hacer el último esfuerzo. El Niño llegaba a las puertas del Castillo entre vítores de los devotos y cánticos de la muchedumbre que, agolpada entre los tajos, piedras y canchos del camino, acompañaban al Santo Niño para celebrar en la ermita el segundo día de novena. Con la noche casi cerrada, los gaucineños se resisten a dejar a su Imagen entre muros y almenas de fabricación sarracena. Se produce ese momento mágico donde el pueblo asume que ha llegado la hora de la despedida, la hora de dejar a su Niño entre torres, murallas y garitas militares. Cinco siglos de tradición han hecho comprender que entre esos muros de adobe y piedra se encuentra el lugar, el sitio, donde el Santo de Granada quiso que estuviera nuestro Santo Niño.

Desde ese día el Santo Niño figura en los corazones de las gentes como el defensor de todo un pueblo; aquel al que hay que recurrir a la hora de pedir agua cuando la tierra tiene sed; al que, necesitados de luz porque la noche es oscura, pedimos que ilumine y reconforte nuestras conciencias dándonos un claro día de primavera; aquel al que solicitamos recomendación para afrontar la decisiva hora del hombre en su balance final; al que las madres le piden que sus hijos caminen por sendas que les lleven al paraíso; para pedirle soluciones a los problemas sobre los que los hombres no tienen respuestas y para reflexionar conjuntamente sobre temas que transcienden de lo terrenal.

Por delante un año de intensa espera para poder tener cerca a su Niño, tan cerca como la esperanza de tocar el cielo nuevamente desde la torre del homenaje que cobija el campanario que llama a la salvación.

De esta forma, los gaucinenses, desde hace casi quinientos años, celebran tanto el encuentro de La Adelfilla, como el regalo de la imagen donada por Juan Ciudad.

La Fiesta de hoy no difiere mucho de la que se viene celebrando desde la memorable fecha de 1536. Solo se le ha añadido la romería al lugar del encuentro el último domingo de agosto. Esta se celebra desde hace ya cuarenta años, justo desde que el Padre Juan Grande Nebreda, Hermano de San Juan de Dios, tuvo la feliz ocurrencia de proponer a la Junta de Gobierno de la Hermandad del Santo Niño, el proyecto de edificar una ermita en el Lugar. Proyecto que parió, supervisó y mimó hasta el mismo momento de su inauguración. El día en que el maestro de obras, el gaucinsense D. José Delgado Rodríguez, le llamó para que certificara la finalización del proyecto, el Padre Juan Grande Nebreda al contemplar la obra terminada, no pudo contener sus emociones y delante de todos los que le acompañaban dejó para siempre en el aire de la Adelfilla y en la memoria de los paisanos presentes la siguiente frase:

"Fruto de mis sudores
Esperanza de mi cariño
Alegría de mi corazón”.

Con estas palabras expresó el inmenso sentimiento de felicidad que le produjo la obra terminada en el Lugar del Encuentro, colofón de toda una vida religiosa dedicada a los más débiles; dando gracias por el amor recibido de su fundador hacia los sitios por donde éste caminó en busca de una señal que le dirigiera hacia lo más alto.


Gloria a ti, hermoso Niño
Amparo de mis pesares,
con melodiosos cantares
te celebramos aquí.

Teodoro de Molina de Molina
Sevilla, 1 de enero de 2005